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Las costumbres que relaciona los árboles con expresiones religiosas tienen un origen antiquísimo y pertenecen a un mal llamado paganismo. Para las antiguas culturas nórdicas, los árboles eran sagrados y tenían poderes emanados de la naturaleza misma, a ellos se les rendía culto en las fiestas del solsticio de invierno, las cuales se realizaban al finalizar el año para festejar el retorno de la Tierra hacia el Sol, además de pedir y agradecer por las cosechas. Los pueblos escandinavos y los habitantes de la antigua Irlanda realizaban las fiestas de Jul o Yule, donde se acostumbraba a plantar frente a la casa un abeto de donde colgaban antorchas y cintas de colores. Es posible que esta costumbre haya nacido gracias a una experiencia que tuvo el misionero inglés San Bonifacio mientras predicaba en tierras germanas. La siguiente historia nos puede dar una idea de esto: "Estaba San Bonifacio predicando el día de navidad ante unos druidas germanos. Mientras insistía en que el roble no era un árbol sagrado ni inviolable, tomo un hacha y derribó uno. Al caer, este destrozó una considerable porción de vegetación, menos un pequeño abeto que se encontraba en la línea de caida. Esto fue tomado por San Bonifacio como un milagro, por lo tanto culminó su sermón diciendo: -Llamémosle el árbol del Niño Dios-. A partir de ese momento los normandos cristianizados comenzaron a plantar abetos y a decorarlos, dejando atrás la antigua costumbre de realizar sacrificios al dios Odín al pie de los cedros." Algunos documentos hacen constar que a mediados del siglo XVIII, en Alemania, se decoraban abetos en las fechas navideñas, lo hacían con flores de papel, dulces y manzanas. Anteriormente, en el siglo XVI, Lutero introdujo la costumbre de ponerle velitas al árbol. Otras culturas también inspiraron la actual costumbre de usar el árbol de navidad, tal era el caso de las saturnalias, festejos que se realizaban en Roma cerca de Diciembre. Gracias a Virgilio, durante dicha celebración se colocaba un árbol lleno de juguetes en la plaza pública En el siglo XVIl la tradición comenzó a extenderse rápidamente por toda Europa, quizás debido a que muchos árboles florecían extrañamente durante el 25 de diciembre, día en que nació nuestro señor Jesucristo y día de navidad. Los relatos más antiguos de esta expansión sin duda provienen de Alsacia, hermosa provincia francesa.